Tiempo de lectura:3 Minutos

Aquello que evitás no se disuelve: se fortalece en silencio.

Evitar rara vez se siente como un problema al comienzo. Más bien se vive como una tregua. Algo se apaga por dentro, la presión baja un poco y el malestar parece retroceder. No es que desaparezca, pero deja de molestar lo suficiente como para seguir con el día. Es una forma de anestesia cotidiana, discreta, socialmente aceptada.

Muchas veces no evitamos porque tengamos miedo, sino porque estamos agotados. Porque no damos más. Porque ya sostuvimos demasiado y necesitamos seguir avanzando sin sumar peso. Entonces postergamos. Cambiamos de tema. No respondemos. Nos llenamos de actividades para no quedarnos a solas con ciertas preguntas. Decimos que después lo vemos, que ahora no es el momento, que cuando estemos mejor lo encaramos.

Y mientras tanto, la vida continúa. Cumplimos horarios, responsabilidades, compromisos. Funcionamos. Desde afuera, nadie detecta fisuras. Todo parece estable, ordenado, bajo control.

Pero el cuerpo registra lo que la mente intenta esquivar.

La tensión se vuelve parte del paisaje. Los músculos permanecen rígidos aun en reposo. La respiración se acorta sin que lo notemos. Dormimos, pero el descanso no termina de llegar. Hay un cansancio que no se va con dormir más, porque no viene del cuerpo solamente.

Lo que evitás no se esfuma por falta de atención. Se queda. Se acomoda en algún rincón interno y empieza a crecer sin hacer ruido. No porque sea más grande de lo que pensás, sino porque al no mirarlo pierde límites claros.

Evitar tiene un efecto inmediato: calma. Y esa calma es tentadora. El problema es que es una calma frágil, transitoria, parecida a tapar una alarma en lugar de preguntarse por qué suena. La señal baja, pero el origen sigue activo.

Cada vez que esquivás algo que te genera incomodidad, tristeza o temor, tu sistema interno aprende una lección simple: esto no es seguro. Y como está diseñado para cuidarte, empieza a intensificar la respuesta. No lo hace para complicarte la vida, sino para advertirte. Para decirte que ahí hay algo pendiente.

Así, lo que hoy evitás con alivio, mañana aparece con más fuerza. No como castigo, sino como consecuencia.

Hay una idea injusta que circula mucho: que evitar es señal de debilidad. No lo es. Evitar suele ser una estrategia que alguna vez funcionó. Tal vez fue la única disponible en un momento donde no había recursos, apoyo o margen emocional. Y gracias a eso, seguiste adelante. Eso no merece juicio. Merece respeto.

La evitación no es huida sin sentido. Es autoprotección cuando no hay otra cosa.

El problema aparece cuando esa estrategia, útil en el pasado, se queda activa más tiempo del necesario. Es como cerrar una habitación porque hoy no querés entrar. No porque haya algo terrible ahí, sino porque no tenés energía para enfrentarlo. Pero con la puerta cerrada y sin luz, las formas se deforman. La imaginación completa lo que no se ve. Y lo indefinido siempre pesa más.

Esto suele notarse en detalles pequeños pero persistentes. Pensamientos que vuelven una y otra vez sin resolverse. Inquietud que no encuentra causa clara. Dificultad para sostener la atención cuando ciertos temas aparecen. Decisiones simples que se postergan indefinidamente. Sensación de estar siempre un paso atrás de uno mismo.

No se trata de forzarse a enfrentar todo de golpe. Tampoco de exponerse sin cuidado. A veces, el primer movimiento es mínimo: reconocer internamente qué se está evitando. Nombrarlo, aunque sea en silencio. Sin explicaciones largas. Sin necesidad de entenderlo todo.

Solo reconocerlo ya cambia algo.

Después puede venir una pregunta suave, no acusatoria: qué está intentando cuidar esta evitación en mí? Qué parte mía necesita tiempo, protección o apoyo antes de poder mirar esto?

Respirar despacio, aunque sea una vez, también es un gesto. No soluciona, pero habilita. No abre todo, pero afloja un poco.

No siempre hace falta iluminar toda la escena. A veces alcanza con dejar pasar un hilo de claridad. Lo suficiente para que aquello que parecía inmenso empiece a recuperar su tamaño real. Y para que vos no tengas que seguir cargándolo en la oscuridad.

Nada más que eso.
Y, muchas veces, eso ya es mucho.

Nicolás A. Cioffi
Estética & Salud

salud mental, bienestar emocional, desarrollo personal, reflexiones, vida consciente

Anterior Tips contra callos
Próximo Agua o limpiador?
Cerrar