Cómo protegerse de la influencia de la multitud sin aislarse del mundo?
Hay personas después de las cuales nos sentimos mejor. Una conversación con ellas puede dejarnos pensando, devolvernos cierta claridad o incluso hacernos ver un problema desde otro lugar. No necesariamente porque tengan respuestas para todo, sino porque su manera de mirar la vida, afrontar una dificultad o relacionarse con los demás termina dejándonos algo.
También ocurre lo contrario.
Hay vínculos después de los cuales sentimos cansancio, irritación o una especie de ruido que permanece durante horas. Personas que convierten cualquier conversación en queja, comparación, conflicto o crítica. Y aunque nos consideremos suficientemente fuertes como para no dejarnos influir, la convivencia repetida termina entrando lentamente en nuestra forma de pensar.
Hace casi dos mil años, Séneca ya se había detenido en este problema.
En la séptima de sus Epístolas morales a Lucilio escribió una recomendación que podría haberse publicado hoy:
“Recógete en tu interior cuanto te sea posible; trata con los que han de hacerte mejor; acoge a aquellos que tú puedes mejorar”.
La frase suele recordarse por su primera parte, como una invitación a retirarnos del ruido. Pero lo más interesante aparece después.
Séneca no propone encerrarnos.
Propone elegir mejor.
No somos completamente inmunes a quienes nos rodean
Nos gusta pensar que nuestras ideas, hábitos y decisiones son enteramente propios.
En parte lo son.
Pero también aprendemos observando.
Escuchamos expresiones y terminamos utilizándolas. Adoptamos costumbres del grupo en el que pasamos tiempo. Normalizamos comportamientos porque todos alrededor parecen considerarlos normales. Incluso nuestras expectativas sobre lo que es posible pueden ampliarse o reducirse según las personas con las que convivimos.
Séneca lo explicaba con ejemplos propios de su época. Un vecino excesivamente preocupado por la riqueza podía despertar nuestra codicia. Un compañero con malos hábitos podía transmitirnos poco a poco parte de ellos.
No hablaba de una transformación instantánea.
Hablaba precisamente de algo más difícil de percibir: la influencia cotidiana.
La psicología moderna también ha estudiado cómo las emociones, las conductas y determinadas normas sociales pueden extenderse dentro de los grupos. No significa que imitemos mecánicamente a cada persona que conocemos ni que nuestras amistades determinen nuestro destino. La relación es mucho más compleja.
Pero tampoco vivimos aislados psicológicamente.
El ambiente humano importa.
Una queja ocasional no convierte a nadie en una mala compañía
Aquí conviene evitar llevar la idea demasiado lejos.
Rodearse de personas que nos hacen mejores no significa buscar amigos permanentemente optimistas, exitosos, disciplinados y emocionalmente impecables.
Una amistad real incluye malos momentos.
Todos nos quejamos alguna vez.
Todos atravesamos etapas en las que necesitamos que alguien nos escuche más de lo que podemos ofrecer.
Todos podemos estar perdidos, enojados o desanimados.
La diferencia aparece cuando eso deja de ser una etapa y se convierte en la estructura completa del vínculo.
Hay relaciones donde prácticamente todo gira alrededor de criticar a terceros, competir, demostrar quién tiene más, recordar viejos resentimientos o encontrar un culpable para cada problema.
Después de suficiente tiempo, esas conversaciones empiezan a parecernos normales.
No porque alguien nos haya convencido deliberadamente.
Porque las hemos escuchado cientos de veces.
También aprendemos lo bueno sin darnos cuenta
La influencia funciona en ambos sentidos.
Convivir con alguien que cumple su palabra puede hacernos más conscientes de la nuestra.
Una persona que trabaja con constancia puede cambiar nuestra percepción sobre la disciplina.
Alguien que reconoce cuando se equivoca puede enseñarnos, sin dar una sola lección, que pedir disculpas no disminuye a nadie.
Un amigo que escucha sin convertir inmediatamente la conversación en su propia historia puede mostrarnos otra manera de acompañar.
A veces las personas que más nos enseñan ni siquiera intentan hacerlo.
Simplemente viven de una manera que termina obligándonos a revisar la nuestra.
Ahí la frase de Séneca adquiere todo su sentido.
“Trata con los que han de hacerte mejor”.
No dice que busquemos a quienes piensen exactamente igual.
Tampoco a quienes nos den siempre la razón.
De hecho, una persona capaz de decirnos algo que no queremos escuchar puede ayudarnos bastante más que diez que simplemente confirman todo lo que hacemos.
Una buena compañía no siempre es una compañía cómoda
Esta diferencia es importante.
Hay personas con las que nos sentimos cómodos porque nunca cuestionan nada.
Podemos contarles una discusión y sabemos de antemano que nos dirán que nosotros tenemos razón.
Podemos explicar una mala decisión y encontrarán inmediatamente una justificación.
Podemos repetir durante años el mismo problema y jamás nos preguntarán qué parte de responsabilidad tenemos en él.
Eso puede sentirse como apoyo.
Pero no siempre lo es.
Una relación que ayuda a crecer necesita cierta honestidad.
No crueldad.
No superioridad moral.
Honestidad.
A veces necesitamos que alguien nos diga: “Creo que ahí te equivocaste”.
O: “Estás haciendo nuevamente lo mismo”.
O simplemente: “No lo estás viendo con claridad”.
No para juzgarnos, sino porque le importa suficientemente nuestro bienestar como para no alimentar una mentira cómoda.
Las mejores relaciones probablemente tengan un poco de ambas cosas: refugio cuando necesitamos refugio y sinceridad cuando necesitamos sinceridad.
Séneca tampoco propone mirar a los demás desde arriba
La segunda mitad de su recomendación suele recibir menos atención:
“Acoge a aquellos que tú puedes mejorar”.
Leída rápidamente, puede sonar arrogante.
Como si debiéramos dividir el mundo entre personas superiores que pueden enseñarnos e inferiores a las que nosotros debemos enseñar.
Pero Séneca inmediatamente completa la idea: los hombres aprenden mientras enseñan.
La relación es recíproca.
Quien ayuda también aprende.
Quien aconseja termina examinando sus propios consejos.
Quien intenta transmitir paciencia descubre cuánto le falta.
Quien acompaña a otro durante una dificultad puede comprender mejor sus propias fragilidades.
Por eso una amistad saludable no debería parecer una clase permanente en la que uno ocupa el lugar del maestro y otro el del alumno.
Los lugares cambian.
Hoy puedo ayudarte yo.
Mañana probablemente necesite que seas vos quien me ayude.
Elegir mejor no significa abandonar a quien está atravesando un mal momento
En una época donde se utilizan con mucha facilidad expresiones como “persona tóxica”, existe el riesgo de convertir el cuidado personal en una excusa para descartar a cualquiera que nos incomode.
Un amigo deprimido no es una mala influencia por estar triste.
Una persona que perdió el trabajo puede hablar durante meses sobre sus problemas.
Alguien que atraviesa una separación puede estar temporalmente absorbido por su dolor.
Una amistad también consiste en estar cuando la otra persona no está en su mejor versión.
El problema es diferente cuando existe desprecio constante, manipulación, violencia, humillación, aprovechamiento o una dinámica que sistemáticamente nos perjudica.
No toda incomodidad exige alejamiento.
Pero tampoco toda relación merece conservarse únicamente por antigüedad.
A veces confundimos haber conocido a alguien durante muchos años con tener que seguir compartiendo nuestra vida de la misma manera durante todos los que quedan.
Algunas amistades cumplen una etapa
Hay relaciones que fueron extraordinarias a los veinte y ya no tienen demasiado sentido a los cuarenta.
No necesariamente ocurrió una traición.
No tiene que existir una pelea.
Simplemente, las personas cambiaron.
La vida tomó direcciones diferentes.
Los intereses dejaron de coincidir.
Las conversaciones que antes podían durar horas ahora parecen agotarse rápidamente.
Aceptar eso puede resultar difícil porque tendemos a medir las relaciones por su duración. Una amistad de treinta años parece automáticamente más valiosa que una de tres.
Pero el tiempo compartido no es la única medida.
Una relación puede haber sido importante y, aun así, haber llegado a su final.
Reconocerlo no borra lo vivido.
También existe una cierta madurez en saber agradecer una etapa sin intentar prolongarla artificialmente.
El consejo de Séneca resulta todavía más actual con las redes sociales
Hay una diferencia evidente entre la Roma de Séneca y nuestra vida actual.
La multitud ahora cabe dentro de un teléfono.
Antes, para exponernos durante horas a opiniones, conflictos, exhibición de riqueza, comparaciones y discusiones necesitábamos físicamente estar entre otras personas.
Hoy podemos hacerlo solos en nuestra habitación.
Abrimos una red social y en pocos minutos hemos visto el viaje de alguien, el éxito profesional de otro, una discusión política, una tragedia, una publicidad, una pelea entre desconocidos y tres personas asegurándonos que estamos viviendo mal.
Después cerramos el teléfono y llevamos parte de todo eso con nosotros.
La investigación contemporánea sobre contagio emocional muestra que las expresiones emocionales de otros pueden influir en nuestro propio estado y comportamiento, incluso mediante interacciones que no ocurren cara a cara.
Esto tampoco significa que internet sea intrínsecamente perjudicial.
Puede conectarnos con personas extraordinarias, enseñarnos, acompañarnos y ampliar enormemente nuestro mundo.
La cuestión vuelve a ser la misma que planteaba Séneca: con quién estamos pasando nuestro tiempo?
Solo que ahora algunas de esas personas ni siquiera saben que existimos.
Nuestro entorno digital también es una compañía
Podemos pensar en las cuentas que seguimos como si fueran una pequeña reunión a la que asistimos todos los días.
Hay personas que nos enseñan.
Otras nos divierten.
Algunas nos informan.
Y otras simplemente consiguen que salgamos de allí sintiéndonos peores.
Si cada mañana comenzamos viendo personas mostrando cuerpos imposibles, riqueza, productividad permanente y vidas aparentemente perfectas, probablemente eso termine influyendo en la vara con la que medimos nuestra propia existencia.
Si pasamos horas rodeados de indignación, posiblemente terminemos encontrando más motivos para indignarnos.
Si consumimos permanentemente burlas y humillaciones, el lenguaje agresivo puede empezar a parecernos normal.
No hace falta eliminar todas las redes.
Tal vez alcance con aplicarles una versión moderna del consejo de Séneca.
Elegir mejor a quién dejamos entrar.
“Recógete en tu interior” tampoco significa aislarte
La primera parte de la frase merece su propio espacio.
Recogerse en el interior no es desaparecer del mundo.
Es recuperar un lugar desde el cual poder escuchar lo que pensamos sin que todas las voces externas hablen al mismo tiempo.
Puede ser caminar sin el teléfono.
Sentarse un rato sin televisión.
Leer.
Escribir.
Pensar antes de responder.
Pasar una tarde sin necesidad de compartir inmediatamente lo que estamos haciendo.
Hay personas que se sienten incómodas apenas aparece el silencio.
Prenden la televisión aunque no la miren.
Abren el celular automáticamente.
Buscan un audio, un video, una conversación.
Cualquier cosa antes que quedarse unos minutos consigo mismas.
Pero si nunca tenemos momentos sin estímulos externos, resulta difícil saber cuáles pensamientos realmente nos pertenecen y cuáles simplemente estamos repitiendo.
El retiro del que habla Séneca tiene entonces un sentido práctico.
Para elegir bien las influencias externas, primero necesitamos recuperar cierto contacto con nuestro propio criterio.
Estar solo y sentirse solo son experiencias diferentes
La soledad suele presentarse como algo necesariamente negativo.
Y la soledad no deseada, especialmente cuando es prolongada, puede afectar profundamente al bienestar.
Pero estar voluntariamente solo durante un período no es lo mismo.
Existe una soledad buscada que permite descansar de las demandas sociales.
Podemos disfrutar una comida solos.
Ir al cine.
Caminar.
Leer.
Trabajar.
Pensar.
Cuando dejamos de interpretar automáticamente esos momentos como una señal de fracaso social, la experiencia cambia.
Una persona capaz de estar bien consigo misma también puede volverse más selectiva con las relaciones que mantiene.
No necesita aceptar cualquier compañía únicamente para evitar estar sola.
Y eso cambia mucho.
La calidad de las amistades importa más que acumular contactos
Nunca tuvimos tantas maneras de estar conectados.
Podemos tener cientos o miles de contactos y, aun así, no saber a quién llamar cuando algo realmente importa.
Las investigaciones sobre amistad adulta encuentran de manera bastante consistente una relación entre la calidad de los vínculos y diferentes indicadores de bienestar.
No resulta especialmente sorprendente.
Una amistad profunda ofrece algo que no puede medirse simplemente contando personas.
Confianza.
Reciprocidad.
Sentir que importamos.
Poder mostrarnos sin representar constantemente un personaje.
Eso explica por qué una mesa con tres personas puede hacernos sentir mucho más acompañados que una fiesta con cien.
La multitud y la compañía no son necesariamente la misma cosa.
Séneca ya lo intuía hace siglos.
También deberíamos preguntarnos qué clase de compañía somos nosotros
Es fácil leer estas ideas pensando inmediatamente en otras personas.
“Ya sé a quién tendría que sacar de mi vida”.
Pero la frase de Séneca también obliga a mirar hacia adentro.
¿Yo hago mejores a las personas que me rodean?
No significa convertirnos en modelos de perfección.
Podemos preguntarnos cosas mucho más sencillas.
Escucho?
Cumplo lo que prometo?
Celebro sinceramente cuando a un amigo le va bien?
O necesito encontrar inmediatamente algo negativo?
Puedo guardar una confidencia?
Estoy disponible solamente cuando necesito algo?
Mis conversaciones alimentan constantemente el conflicto?
Puedo reconocer cuando me equivoco?
Quizá algunas relaciones que consideramos agotadoras también contengan una parte de nuestra propia conducta.
Recogerse en el interior sirve precisamente para esto.
Antes de revisar la lista de contactos, revisar un poco al que sostiene el teléfono.
No necesitamos amigos perfectos, necesitamos relaciones que permitan crecer
Una relación humana real contiene contradicciones.
Podemos admirar ciertas cualidades de alguien y no compartir otras.
Podemos discutir.
Podemos decepcionarnos.
Podemos necesitar distancia durante un tiempo.
Podemos cometer errores y reparar.
La idea de “rodearse solamente de gente positiva” resulta demasiado superficial.
Probablemente sea más útil rodearnos de personas honestas, generosas, responsables y capaces de crecer, aunque tengan defectos, problemas y días malos como cualquiera.
Personas delante de las cuales no necesitemos demostrar permanentemente algo.
Personas que puedan alegrarse con nuestros avances sin vivirlos como una amenaza.
Personas a las que podamos ayudar sin que la relación se transforme en dependencia.
Y personas capaces de ayudarnos sin hacernos sentir inferiores.
A veces, mejorar nuestras relaciones empieza reduciendo el ruido
No siempre necesitamos hacer una gran limpieza de amistades.
Puede alcanzar con observar.
Con quién hablamos cuando tenemos una decisión importante.
A quién recurrimos cuando necesitamos una opinión sincera.
Qué personas aparecen solamente cuando hay conflicto.
Después de qué encuentros volvemos con energía.
Después de cuáles necesitamos recuperarnos.
También podemos preguntarnos cuánto tiempo dedicamos a relaciones que verdaderamente valoramos y cuánto entregamos por simple inercia.
Hay amistades que se pierden porque nunca encontramos una hora para ellas mientras gastamos muchas otras en personas que apenas nos interesan.
Elegir mejor también significa cuidar lo que sí merece permanecer.
Dos mil años después, la pregunta sigue siendo incómoda
La enorme distancia histórica que nos separa de Séneca hace todavía más interesante encontrar una preocupación tan reconocible.
Él observaba cómo la multitud podía modificar el carácter.
Nosotros vivimos rodeados de influencias que llegan desde amigos, compañeros de trabajo, familiares, televisión, redes sociales y teléfonos que llevamos permanentemente encima.
No podemos aislarnos de todo.
Ni deberíamos.
La vida también ocurre entre otras personas.
Pero sí podemos decidir a quién le concedemos más espacio.
Podemos buscar a quienes nos obligan a pensar un poco mejor, vivir con mayor coherencia o recordar la persona que queremos ser.
Podemos intentar ofrecer lo mismo.
Y podemos reservar momentos suficientes de silencio para comprobar que todavía seguimos escuchando nuestra propia voz.
“Recógete en tu interior cuanto te sea posible; trata con los que han de hacerte mejor; acoge a aquellos que tú puedes mejorar”.
Tal vez la vigencia de esa frase no esté en que Séneca haya descubierto algo extraordinariamente complicado.
Está en que señaló algo que seguimos olvidando.
Creemos que elegimos nuestras compañías únicamente porque nos agradan.
Pero mientras las elegimos, ellas también participan silenciosamente en la construcción de quienes terminamos siendo.