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Después de los excesos: cómo recuperar buenos hábitos sin castigarse.

Después de unos días de descanso, reuniones, cambios de horario o comidas más abundantes de lo habitual, aparece una reacción bastante común: querer compensarlo todo de golpe.

El lunes se convierte entonces en el día elegido para empezar una dieta estricta, eliminar carbohidratos, hacer ayunos largos, entrenar todos los días y tratar de recuperar en una semana aquello que creemos haber “perdido”.

No suele ser la mejor estrategia.

Nuestro cuerpo no necesita un castigo después de haber comido diferente durante algunos días. Tampoco necesita una limpieza especial, jugos detox ni restricciones extremas. Lo que generalmente necesita es algo mucho menos espectacular: volver progresivamente a los horarios habituales, recuperar una alimentación variada, moverse otra vez y dormir mejor.

La idea puede parecer demasiado sencilla, pero precisamente ahí está su ventaja. Los hábitos que realmente funcionan son aquellos que podemos mantener cuando vuelve el trabajo, aparecen las obligaciones y dejamos de tener tiempo para preparar cada comida con calma.

La vuelta a la rutina no debería sentirse como una penitencia.

Debería ser una reorganización.

Después de los excesos no hay que “desintoxicarse”

La palabra detox aparece cada vez que terminan las vacaciones, las fiestas o un fin de semana con más comida y alcohol.

La idea parece lógica: si comimos demasiado, necesitamos limpiar el organismo.

Pero nuestro cuerpo ya dispone de sistemas especializados para procesar y eliminar sustancias. El hígado, los riñones, los pulmones y el aparato digestivo trabajan continuamente sin esperar que llegue un jugo verde para comenzar a funcionar.

Después de varios días con comidas diferentes, podemos sentir hinchazón, cambios intestinales, mayor retención de líquidos o simplemente pesadez.

Eso no significa que el organismo esté lleno de “toxinas”.

Muchas veces cambió la cantidad de sal, alcohol, fibra, agua, movimiento y horarios.

Cuando recuperamos progresivamente nuestros hábitos, esas sensaciones suelen mejorar.

La respuesta, por tanto, no necesita ser una dieta extrema.

No hace falta compensar una comida abundante dejando de comer

Esta lógica aparece con mucha frecuencia.

Cena abundante el domingo.

Ayuno prolongado el lunes.

Después aparece hambre intensa por la tarde, terminamos comiendo cualquier cosa y sentimos nuevamente que debemos compensar.

Así puede comenzar un ciclo bastante difícil de sostener.

Una comida más abundante no define nuestra alimentación.

Lo que hacemos durante semanas y meses importa muchísimo más.

Si un día comimos diferente, al siguiente podemos volver simplemente a nuestras comidas habituales.

Desayunar si tenemos hambre.

Almorzar normalmente.

Incluir verduras.

Beber agua.

Continuar.

No hace falta convertir cada exceso puntual en una deuda alimentaria que tenemos que pagar.

Una pausa nocturna de 10 a 12 horas puede aparecer naturalmente

El ayuno intermitente se hizo muy popular y muchas personas creen que para obtener cualquier beneficio es obligatorio pasar 16, 18 o incluso más horas sin comer.

No necesariamente.

Para alguien que simplemente quiere recuperar cierta organización, puede resultar suficiente dejar un intervalo nocturno razonable entre la cena y el desayuno.

Si terminamos de cenar alrededor de las ocho o nueve de la noche y desayunamos entre las siete y las nueve de la mañana, ya estamos realizando aproximadamente entre 10 y 12 horas sin alimentos.

No necesitamos llamarlo protocolo.

Puede ser simplemente nuestro horario habitual de sueño y descanso digestivo.

Esta pausa también ayuda a evitar algo bastante frecuente: seguir comiendo por inercia después de la cena.

No porque esté prohibido comer de noche, sino porque muchas veces ese consumo no responde al hambre.

Responde al aburrimiento, al cansancio o al hábito de acompañar la televisión con algo para picar.

Ayunar más tiempo no significa automáticamente obtener más beneficios

Los ayunos prolongados no son imprescindibles para adelgazar ni para recuperar hábitos saludables.

Una persona puede mejorar su alimentación sin practicar ayuno intermitente.

Otra puede encontrar cómodo comer dentro de un horario más acotado.

Ambas opciones pueden ser válidas.

Lo importante es que el método no genere atracones posteriores, ansiedad, mareos, pérdida excesiva de energía o dificultades para cubrir nutrientes.

También existen situaciones donde los ayunos necesitan especial precaución o directamente no deberían realizarse sin orientación profesional, como embarazo, lactancia, antecedentes de trastornos de la conducta alimentaria, determinadas enfermedades, uso de ciertos medicamentos o algunos tratamientos para la diabetes.

El ayuno es una herramienta posible.

No una obligación.

La compra semanal puede cambiar más la alimentación que la fuerza de voluntad

Cuando regresamos al trabajo, uno de los principales problemas no suele ser saber qué alimentos son saludables.

El problema es no tenerlos disponibles cuando llega el hambre.

Si abrimos la heladera a las nueve de la noche y encontramos únicamente una bebida y un paquete de queso, probablemente nuestra cena se decida sola.

Por eso organizar mínimamente la compra tiene un impacto enorme.

No es necesario planificar siete menús perfectos.

Alcanza con procurar que haya algunas verduras, frutas, huevos, legumbres, algún pescado o carne según nuestras preferencias, cereales, yogur u otros alimentos sencillos que permitan resolver varias comidas.

Tener ingredientes disponibles reduce la cantidad de decisiones que tenemos que tomar cuando estamos cansados.

Y eso vuelve mucho más sostenible cualquier cambio.

Las verduras congeladas también cuentan

Todavía existe la idea de que todo alimento saludable tiene que ser fresco y preparado en el momento.

Eso puede transformar la alimentación saludable en algo innecesariamente complicado.

Las verduras congeladas son una excelente herramienta cuando falta tiempo.

En muchos casos se congelan poco después de la cosecha y conservan gran parte de su valor nutricional.

Brócoli, espinaca, arvejas, chauchas, mezclas de vegetales y otras opciones pueden permanecer semanas disponibles en el freezer.

No hay que lavarlas.

No se echan a perder en tres días.

Y permiten preparar una comida rápidamente.

Podemos agregarlas a un revuelto de huevo, arroz, pasta, sopa, salteado o acompañamiento.

Utilizar alimentos prácticos no significa comer peor.

Las conservas también pueden resolver una comida

Algo similar ocurre con las legumbres y el pescado en conserva.

Un frasco de garbanzos o lentejas ya cocidas puede convertirse en ensalada en pocos minutos.

Una lata de atún, sardinas o caballa puede completar un plato cuando no tenemos tiempo para cocinar.

Conviene revisar las etiquetas, especialmente el contenido de sal, y enjuagar las legumbres cuando sea posible.

Pero no hay motivo para considerar estos productos automáticamente inferiores por venir dentro de una lata o frasco.

La alimentación real necesita soluciones compatibles con días reales.

No solamente recetas para cuando tenemos una hora libre.

Un plato sencillo puede resolver casi todo

No hace falta pesar cada alimento para organizar nuevamente las comidas.

Podemos pensar el plato de una manera visual.

Una buena presencia de verduras.

Una fuente de proteínas.

Algún alimento rico en carbohidratos según nuestras necesidades y nivel de actividad.

Y una fuente razonable de grasas.

Por ejemplo, una ensalada grande con lentejas, huevo y arroz.

Pescado con papa y verduras.

Pollo con boniato y ensalada.

Tofu salteado con vegetales y arroz.

Una tortilla acompañada por verduras y pan.

Las combinaciones son casi infinitas.

La estructura importa más que copiar siempre el mismo menú.

Las proteínas ayudan a construir comidas más completas

Al volver a la rutina conviene que las comidas principales contengan alguna fuente proteica.

Pescado, huevo, carnes, lácteos, legumbres, tofu, soja y otras alternativas pueden cumplir esa función.

La proteína contribuye al mantenimiento de la masa muscular y también puede mejorar la saciedad de las comidas.

Eso no significa que tengamos que convertir cada plato en una competencia para alcanzar cantidades enormes.

Las necesidades dependen de edad, peso, actividad física y situación de salud.

Para la mayoría de las personas, distribuir diferentes fuentes a lo largo del día resulta más razonable que concentrarlo todo en una única comida.

La fibra suele disminuir precisamente cuando salimos de la rutina

Durante las vacaciones es frecuente comer menos verduras, frutas, legumbres y cereales integrales.

También puede aumentar el consumo de alcohol, productos refinados y comidas fuera de casa.

El intestino suele notarlo.

Puede aparecer estreñimiento, cambios en la frecuencia de las deposiciones o sensación de hinchazón.

La respuesta tampoco debería consistir en comprar inmediatamente suplementos o productos “depurativos”.

Podemos comenzar recuperando alimentos ricos en fibra progresivamente.

Frutas.

Verduras.

Avena.

Legumbres.

Cereales integrales.

Frutos secos.

Semillas.

La palabra importante es progresivamente.

Pasar de consumir muy poca fibra a cantidades enormes de un día para otro también puede producir gases y molestias.

El agua vuelve a ser una herramienta sorprendentemente sencilla

Durante las vacaciones también pueden alterarse los hábitos de hidratación.

Más alcohol.

Más bebidas azucaradas.

Menos agua.

Horarios irregulares.

Al volver a la rutina, recuperar el agua como bebida principal ayuda a simplificar muchísimo las cosas.

No existe una cifra idéntica para todo el mundo porque las necesidades dependen del clima, actividad física, tamaño corporal, alimentación y otros factores.

Una buena referencia práctica es beber regularmente y prestar atención a la sed.

Frutas, verduras, sopas y otros alimentos también aportan líquido.

La hidratación no necesita transformarse en otra obligación matemática.

El picoteo de oficina puede anticiparse

Volver al trabajo suele significar también volver a máquinas expendedoras, bizcochos, galletitas, alfajores y cualquier cosa que aparezca cerca cuando llega el hambre.

No existe ningún problema en comer alguno ocasionalmente.

El inconveniente aparece cuando se convierte en la única alternativa disponible todos los días.

Podemos reducir bastante esa dependencia llevando opciones simples.

Una fruta.

Un yogur.

Un pequeño puñado de frutos secos sin sal.

Hummus con vegetales.

Una tostada con queso.

Alguna combinación que realmente nos guste y sea fácil de transportar.

Tampoco es obligatorio hacer colaciones.

Si entre las comidas principales no tenemos hambre, no necesitamos comer porque un esquema diga que debemos hacerlo cada tres horas.

Hay que distinguir hambre de hábito

Después de varios días con horarios libres podemos acostumbrarnos a comer con mayor frecuencia.

Al regresar a la rutina, vale la pena observar qué ocurre cuando aparece el deseo de picar.

Realmente tenemos hambre?

Estamos cansados?

Necesitamos una pausa?

Estamos aburridos?

Simplemente vimos comida?

No existe nada malo en comer por placer algunas veces.

Pero reconocer el motivo nos devuelve capacidad de elección.

A veces comeremos.

Otras veces descubriremos que necesitábamos levantarnos cinco minutos del escritorio, beber agua o terminar la jornada.

Tampoco hace falta eliminar todos los alimentos que disfrutamos

Una estrategia típica de vuelta a la rutina consiste en prohibir desde el primer día chocolate, pan, pizza, postres y cualquier alimento asociado con vacaciones.

El problema es que cuanto más rígida se vuelve una dieta, más difícil puede resultar mantenerla.

Una alimentación saludable puede incluir alimentos elegidos simplemente porque nos gustan.

No necesitamos comer de manera perfecta.

Necesitamos que el patrón general funcione.

Si la mayor parte de la semana incluye verduras, frutas, legumbres, buenas fuentes de proteína, cereales y alimentos poco procesados, una comida diferente no destruye nada.

La flexibilidad no es falta de disciplina.

Puede ser una de las razones por las que un hábito dura.

Volver al ejercicio también debería ser progresivo

Después de unas semanas con menos actividad aparece otra tentación: recuperar todo el entrenamiento perdido durante los primeros tres días.

No es una buena idea.

La capacidad cardiovascular, la tolerancia al esfuerzo y el volumen de entrenamiento al que estábamos acostumbrados pueden haber disminuido.

Volver directamente a la intensidad máxima aumenta el cansancio, las agujetas y posiblemente el riesgo de lesión.

Las primeras sesiones pueden ser más cortas.

Podemos reducir cargas.

Disminuir series.

Caminar.

Hacer bicicleta suave.

Retomar ejercicios conocidos.

Después se aumenta progresivamente.

El objetivo del primer entrenamiento no debería ser castigarnos por haber descansado.

Debería ser preparar el segundo.

Caminar vuelve a ser una herramienta infravalorada

No todo movimiento tiene que realizarse dentro de un gimnasio.

Una de las formas más fáciles de recuperar actividad es aumentar progresivamente los desplazamientos cotidianos.

Caminar algunas cuadras más.

Utilizar escaleras.

Bajarse una parada antes.

Salir a caminar después de comer.

Hacer pequeñas pausas durante jornadas largas sentado.

Estas acciones parecen menores, pero acumuladas durante toda la semana pueden representar una diferencia considerable.

También ayudan a recuperar tolerancia al movimiento antes de volver a sesiones más intensas.

El entrenamiento de fuerza merece un lugar

Al reorganizar el ejercicio, conviene no pensar únicamente en actividad cardiovascular.

El entrenamiento de fuerza ayuda a conservar y desarrollar masa muscular, mejora capacidad funcional y resulta especialmente relevante con el paso de los años.

No es necesario entrenar como un fisicoculturista.

Sentadillas adaptadas, empujes, tirones, ejercicios con bandas, mancuernas, máquinas o el propio peso corporal pueden formar parte de una rutina.

Quien llevaba tiempo sin entrenar debería empezar con una carga manejable y una técnica adecuada.

Y si existen enfermedades, dolor persistente o limitaciones importantes, puede ser conveniente recibir orientación antes de comenzar.

El descanso también forma parte de volver a la rutina

Hablar solamente de dieta y ejercicio deja afuera una parte enorme del problema.

Durante las vacaciones solemos acostarnos y levantarnos más tarde.

Cuando vuelve el trabajo, intentamos corregir el horario de sueño de un día para otro.

No siempre funciona.

Puede ayudar adelantar gradualmente la hora de acostarse, recuperar horarios regulares y reducir estímulos durante la última parte de la noche.

Dormir poco modifica cómo nos sentimos durante el día y puede dificultar el control del apetito, la recuperación del ejercicio y la capacidad para tomar decisiones.

Intentar comer perfectamente mientras dormimos cuatro o cinco horas puede resultar mucho más difícil de lo necesario.

El alcohol también necesita volver a ocupar un lugar ocasional

Durante períodos de descanso puede aumentar la frecuencia de consumo de alcohol.

Una copa en el almuerzo.

Otra durante la cena.

Alguna salida.

Después aparecen varios días consecutivos de consumo casi sin notarlo.

Volver a la rutina es un buen momento para recuperar días sin alcohol y evitar considerarlo una parte automática de cada comida.

No hace falta realizar ninguna limpieza especial después.

Simplemente volver a reducirlo.

El alcohol aporta energía, puede empeorar el sueño y no constituye una herramienta de hidratación.

Cuanto menos frecuente sea su consumo, mejor desde el punto de vista de la salud.

La balanza puede cambiar rápidamente sin que todo sea grasa

Otra fuente frecuente de ansiedad aparece al pesarnos después de vacaciones.

Quizá veamos uno o dos kilos más y asumamos que todo corresponde a grasa corporal.

No necesariamente.

Una mayor cantidad de comida, más sodio, diferentes reservas de glucógeno, líquidos y contenido intestinal pueden modificar el peso corporal en pocos días.

Parte de esa variación puede desaparecer simplemente al recuperar los hábitos habituales.

Por eso iniciar inmediatamente una dieta extrema basándonos en una única medición puede ser una reacción desproporcionada.

El peso tiene fluctuaciones normales.

Las tendencias a largo plazo son mucho más informativas.

No hay que convertir septiembre, enero o el lunes en una fecha mágica

Muchas veces esperamos un momento perfecto.

“Después de las vacaciones”.

“El lunes”.

“El primer día del mes”.

“Cuando vuelva al gimnasio”.

Pero los hábitos no necesitan una ceremonia de inicio.

Podemos comenzar con la próxima comida.

Con una caminata esta tarde.

Comprando algunas frutas cuando volvamos a casa.

Acostándonos media hora antes.

Los cambios sostenibles suelen ser bastante menos dramáticos que los planes que prometen transformar todo en 21 días.

Una semana razonable funciona mejor que dos días perfectos

Este principio puede ahorrar mucha frustración.

No hace falta que cada comida sea nutricionalmente impecable.

Tampoco necesitamos cumplir exactamente todos los entrenamientos planeados.

Si una semana conseguimos preparar varias comidas en casa, comer más verduras, movernos algunos días y dormir un poco mejor, ya estamos reconstruyendo hábitos.

La semana siguiente podemos consolidarlos.

Después, agregar algo más.

La constancia aparece cuando dejamos de tratar cada error como un fracaso completo.

Perder un entrenamiento no obliga a abandonar la semana.

Comer una comida más abundante tampoco.

Simplemente continuamos.

El objetivo no debería ser volver rápidamente al cuerpo anterior

Existe además una presión estética muy fuerte cuando termina un período de vacaciones.

“Recuperar la figura”.

“Eliminar los kilos”.

“Desinflamarse”.

Esa urgencia puede llevar a restricciones innecesarias.

Es perfectamente válido querer modificar el peso corporal si existe un objetivo personal o de salud.

Pero hacerlo desde el castigo suele dificultar más el proceso.

Una alimentación suficiente, actividad física y descanso son estrategias mucho más sostenibles.

Si necesitamos bajar peso, el proceso puede hacerse gradualmente.

No hay ninguna necesidad fisiológica de revertir en cinco días todos los cambios que ocurrieron durante semanas.

Volver a la rutina significa precisamente eso: volver

No empezar una vida completamente distinta.

Si antes de las vacaciones teníamos hábitos que funcionaban, podemos recuperarlos.

Si no funcionaban, entonces sí es una buena oportunidad para revisar qué era demasiado complicado.

Tal vez cocinábamos planes imposibles de mantener.

Quizá intentábamos entrenar seis días y terminábamos abandonando.

Puede que nuestra dieta dependiera demasiado de alimentos que no disfrutábamos.

Volver también permite simplificar.

Una compra razonable.

Comidas básicas.

Verduras congeladas.

Legumbres preparadas.

Huevos.

Frutas.

Agua.

Algo de planificación.

Movimiento.

Sueño.

No parece una estrategia revolucionaria.

Probablemente por eso pueda funcionar durante mucho más tiempo.

No necesitamos castigar al cuerpo para cuidarlo

Después de cualquier período de excesos aparece fácilmente la culpa.

Y la culpa intenta convencernos de que necesitamos medidas proporcionales.

Comimos mucho, entonces tenemos que comer muy poco.

No entrenamos, entonces debemos entrenar el doble.

Dormimos tarde, entonces hay que reconstruir toda la rutina en veinticuatro horas.

La salud no funciona de esa manera.

El organismo responde mejor a la regularidad que a los extremos.

Podemos dejar pasar unas 10 o 12 horas entre la cena y el desayuno si resulta natural para nuestros horarios. Podemos recuperar verduras, frutas, legumbres, proteínas y cereales integrales. Podemos volver a movernos gradualmente y utilizar alimentos congelados o en conserva cuando falta tiempo.

Sobre todo, podemos abandonar la idea de que tenemos algo que pagar.

Las vacaciones terminaron.

La comida que comimos ya fue disfrutada.

Ahora simplemente toca volver.

No mediante restricciones extraordinarias, sino retomando esas pequeñas decisiones que, repetidas durante suficiente tiempo, terminan teniendo mucho más impacto que cualquier dieta de emergencia.

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