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Cuando el trabajo sigue con nosotros fuera de horario.

Cerrar la computadora, guardar las cosas y salir del trabajo debería marcar el final de la jornada. Durante muchos años, al menos físicamente, era bastante parecido a eso: uno abandonaba la oficina y buena parte de lo que había quedado pendiente permanecía allí hasta el día siguiente.

Hoy podemos llevar la oficina entera en el bolsillo.

El correo está en el celular. También WhatsApp, Slack, Teams, las aplicaciones de gestión, el calendario, las notificaciones de clientes y ese pequeño número rojo que aparece sobre un ícono avisándonos que hay algo esperando.

Ni siquiera hace falta abrirlo.

A veces alcanza con verlo.

Los neurofisiólogos clínicos lo explicaron recientemente de una manera muy gráfica al hablar sobre descanso y vacaciones: un correo, un mensaje profesional o incluso el simple ícono de una aplicación asociada al trabajo puede devolver nuestra atención hacia problemas que creíamos haber dejado atrás. El cuerpo puede estar sentado frente al mar, tomando mate en el balcón o cenando con amigos, mientras una parte de la cabeza vuelve de golpe a la oficina.

No quiere decir que mirar una aplicación sea perjudicial para todo el mundo ni que tengamos que convertir el teléfono en un enemigo. El problema aparece cuando dejamos de tener una frontera clara entre estar trabajando y haber terminado.

Y esa frontera, aunque no podamos verla, importa mucho.

Estar en casa no significa haber salido mentalmente del trabajo

Hay días en que uno termina una jornada agotadora, llega a su casa y continúa repasándola mentalmente.

“Tenía que haber respondido otra cosa”.

“Me olvidé de enviar ese presupuesto”.

“Mañana tengo que hablar con el cliente”.

“Por qué me dijo eso mi jefe?”

“Cómo voy a resolver aquel problema?”

A veces no estamos trabajando realmente. No estamos escribiendo un correo ni preparando un informe. Simplemente seguimos dentro de la situación.

La psicología del trabajo utiliza el concepto de desconexión psicológica para describir la capacidad de dejar temporalmente de pensar en las demandas laborales durante el tiempo libre. No significa borrar el trabajo de nuestra memoria ni conseguir que jamás aparezca un pensamiento relacionado con él. Significa que, durante una parte suficiente del día, nuestra atención puede ocuparse de otras cosas sin permanecer constantemente en estado de respuesta.

La diferencia parece pequeña, pero la investigación acumulada durante años la relaciona con aspectos importantes del bienestar. Un metaanálisis que reunió 91 muestras independientes y más de 38.000 trabajadores encontró asociaciones entre una mayor desconexión psicológica y menor agotamiento, menor fatiga, mejor bienestar y mejor sueño. Eso no demuestra que desconectar sea una cura para todos esos problemas, pero sí muestra que la capacidad de dejar el trabajo atrás forma parte del proceso de recuperación.

El descanso, entonces, no empieza necesariamente cuando nos sentamos.

Empieza cuando disminuyen las demandas que siguen reclamando nuestra atención.

El celular cambió silenciosamente las reglas

Para quienes trabajábamos antes de que el smartphone ocupara un lugar central en nuestra vida, la diferencia resulta bastante evidente.

Antes podía existir una llamada telefónica fuera de hora, por supuesto. Había profesiones con guardias y personas que llevaban trabajo a casa. Pero la posibilidad de conexión permanente no era la norma para tanta gente.

Ahora es completamente posible recibir a las diez de la noche el mismo correo que habría llegado a la computadora de la oficina a las diez de la mañana.

Y aparece una tentación aparentemente inocente:

“Lo miro rápido y listo”.

Abrimos.

Leemos.

No respondemos porque decidimos hacerlo mañana.

Pero ahora sabemos lo que dice.

Tal vez un cliente está molesto. Quizás apareció un problema con una entrega. Puede que alguien haya pedido algo que sabemos que llevará varias horas resolver.

El teléfono vuelve al bolsillo.

El correo, no.

Ese queda con nosotros.

Por eso el problema de la conexión fuera del horario de trabajo no puede medirse únicamente preguntando cuánto tiempo tardamos en responder mensajes. Una interacción de treinta segundos puede abrir una cadena de pensamientos que nos acompañe durante bastante más tiempo.

Las notificaciones no son completamente neutrales

Hay otro detalle interesante: las notificaciones están diseñadas precisamente para interrumpir.

Un sonido, una vibración o una ventana que aparece sobre la pantalla anuncia que algo nuevo ocurrió. Nuestro cerebro tiene razones para prestar atención a cambios en el entorno, aunque racionalmente sepamos que probablemente se trate de algo sin importancia.

Investigaciones experimentales han observado cambios en la atención cuando aparecen notificaciones de teléfonos durante tareas cognitivas. En un estudio publicado en PLOS One, los participantes respondieron más lentamente en determinados ensayos cuando aparecía un sonido de notificación del smartphone frente a sonidos de control. Otros trabajos utilizando medidas electrofisiológicas también han encontrado alteraciones en procesos vinculados con el control de la atención después de las notificaciones.

No debemos convertir estos resultados en la idea simplista de que cada “ding” está dañando nuestro cerebro.

No es eso.

Muestran algo mucho más cotidiano: una notificación puede competir por nuestra atención aunque no queramos atenderla.

Cuando además esa notificación está vinculada a algo que nos preocupa —un cliente difícil, un proyecto atrasado, una reunión importante— la capacidad de devolvernos mentalmente al trabajo resulta fácil de comprender.

El problema no es únicamente contestar: también existe la expectativa

Hay personas que revisan su correo por decisión propia y se sienten cómodas haciéndolo. Otras trabajan con horarios flexibles y prefieren responder algo por la noche porque durante el día dedicaron tiempo a otra actividad.

No existe una única manera correcta de organizar el trabajo.

Lo que parece especialmente relevante es la sensación de tener que estar disponible.

Cuando un empleado sabe que su responsable puede escribir a cualquier hora y espera una contestación inmediata, el teléfono cambia de significado. Ya no es simplemente una herramienta que puede consultar. Se convierte en algo que debe vigilar.

La literatura sobre trabajo digital utiliza incluso el término workplace telepressure para describir esa presión por responder rápidamente a mensajes relacionados con el empleo.

Una revisión publicada en 2024 analizó 23 estudios realizados en nueve países sobre el uso laboral del smartphone durante las horas libres. En 19 de ellos se encontró una asociación significativa entre un mayor uso profesional fuera del horario y un mayor conflicto entre trabajo y vida personal. Entre los factores que podían empeorar esa relación aparecían precisamente las expectativas de disponibilidad de los superiores y la presión laboral.

Esto obliga a mirar el problema también desde la empresa.

No todo puede solucionarse diciéndole al trabajador que “aprenda a desconectar”.

Si una organización construye una cultura en la que nadie se anima a ignorar un mensaje durante la noche, la frontera ya viene debilitada desde arriba.

Estar de vacaciones y seguir trabajando sin darse cuenta

Las vacaciones son probablemente el ejemplo más claro.

Podemos viajar cientos o miles de kilómetros y continuar conectados exactamente con las mismas preocupaciones.

Uno se despierta en un hotel, mira el teléfono para saber la hora y encuentra una notificación del correo. Entra solamente para eliminarla. Descubre que llegó un mensaje importante. Lo lee y decide no responder.

Cinco minutos después está desayunando y pensando qué contestará.

La distancia geográfica no sirvió demasiado.

Francisco Martínez lo planteaba de una forma que merece recordarse: las vacaciones pueden durar dos semanas en el calendario y bastante menos en nuestra cabeza. La investigación sobre recuperación laboral coincide en que poder apartarse mentalmente del trabajo durante los períodos de descanso constituye una de las experiencias relacionadas con una mejor recuperación.

Esto tampoco significa que unas buenas vacaciones exijan desaparecer digitalmente durante quince días.

Para algunas personas revisar determinados asuntos puntuales reduce la ansiedad porque les permite saber que todo está bajo control. Otras necesitan una separación mucho más estricta para conseguir relajarse.

La clave probablemente esté en quién tiene el control.

No es lo mismo decidir revisar algo durante veinte minutos a una hora determinada que pasar todo el día pendiente de si aparecerá una notificación.

Cuando el trabajo queda sin terminar, la cabeza intenta terminarlo sola

El teléfono facilita el regreso al trabajo, pero no es el único responsable.

También existen tareas que continuamos procesando mentalmente porque quedaron abiertas.

Un conflicto.

Una conversación difícil.

Un problema que todavía no tiene solución.

Un proyecto importante.

La incertidumbre puede alimentar lo que conocemos como rumiación relacionada con el trabajo, ese regreso repetido hacia situaciones laborales cuando ya no estamos en condiciones de resolverlas.

Pensar alguna vez en el trabajo fuera de horario es completamente normal. Incluso puede ocurrir que una buena idea aparezca mientras caminamos o nos duchamos.

El problema empieza cuando el pensamiento deja de ser voluntario y se transforma en una presencia persistente.

Cuando cenamos pensando en el problema.

Nos acostamos con él.

Nos despertamos y todavía está ahí.

En ese escenario, la notificación del celular quizás no crea la preocupación. Solamente vuelve a encender algo que nunca terminó de apagarse.

¿Entonces hay que borrar todas las aplicaciones laborales?

No necesariamente.

Alguien puede trabajar perfectamente con las aplicaciones instaladas y no sentir ninguna necesidad de abrirlas fuera de horario. Otra persona puede descubrir que tenerlas a la vista le dificulta muchísimo dejar de comprobar mensajes.

Hay soluciones bastante menos dramáticas antes de eliminar todo.

Desactivar las notificaciones laborales después de determinada hora puede ser suficiente. Algunos teléfonos permiten crear perfiles específicos para trabajo y descanso. También podemos sacar las aplicaciones profesionales de la pantalla principal, silenciar grupos, quitar las insignias con números pendientes o establecer horarios en los que ciertas alertas simplemente no aparecen.

Puede parecer un cambio insignificante, pero elimina señales.

Y las señales importan.

Nuestros hábitos están muy vinculados con el contexto. Un ícono que vemos cientos de veces asociado a la acción de “revisar el trabajo” puede terminar funcionando como recordatorio automático. No existe evidencia para afirmar que cada persona sufrirá una reacción específica al verlo, pero resulta plausible que en alguien que ya asocia esa aplicación con demandas pendientes actúe como disparador de pensamientos profesionales.

La solución tiene que adaptarse a la persona.

Crear un pequeño ritual de cierre puede ayudar más de lo que parece

Hay trabajadores que terminan el día cerrando simplemente la computadora.

Otros pueden beneficiarse de algo más deliberado.

Antes de terminar, revisar qué quedó pendiente, anotar las tres o cuatro prioridades para mañana y dejar registrado el próximo paso puede reducir la necesidad de seguir recordándolo mentalmente.

Si sé que mañana a primera hora tengo escrito “llamar a proveedor por entrega atrasada”, ya no necesito repetirme veinte veces durante la noche que no debo olvidarlo.

No se trata de un truco mágico.

Es simplemente sacar una obligación de la memoria inmediata y dejarla en un sistema confiable.

También puede ayudar ordenar físicamente el lugar de trabajo cuando se trabaja desde casa. Guardar la computadora, cerrar el escritorio o dejar de utilizar el mismo espacio para trabajar y descansar crea una diferencia contextual.

Cuando la oficina y el living son literalmente la misma mesa, el cerebro recibe menos señales claras de que la jornada terminó.

El teletrabajo hizo más cómoda la vida y más borrosos algunos límites

Trabajar desde casa solucionó problemas enormes para muchas personas. Evita desplazamientos, permite organizar mejor determinados horarios y puede facilitar la conciliación familiar.

Pero también eliminó un ritual que antes ocurría automáticamente: irse.

No hay ascensor.

No hay puerta del edificio.

No hay ómnibus de regreso.

No existe ese recorrido durante el cual poco a poco dejamos atrás el ambiente laboral.

Terminamos una videollamada y treinta segundos después estamos en la cocina.

Por eso quienes trabajan a distancia pueden necesitar construir artificialmente algunas fronteras que antes proporcionaba el espacio físico.

Salir a caminar al terminar.

Cambiarse de ropa.

Cerrar completamente los programas.

Guardar la computadora.

Preparar un mate y sentarse en otro lugar.

No importa tanto cuál sea el ritual. Importa que exista una señal repetida que marque una transición.

Volver de vacaciones también necesita un poco de adaptación

El artículo que originó esta reflexión abordaba además algo muy reconocible: lo extraño que puede sentirse volver al trabajo después de varias semanas con horarios diferentes.

Durante las vacaciones solemos acostarnos más tarde, despertarnos sin alarma, comer a otras horas y organizar las actividades de una manera completamente distinta. Al regresar intentamos recuperar toda la estructura prácticamente de un día para el otro.

El cuerpo no tiene un interruptor de “modo vacaciones” y “modo oficina”.

Martínez señala que durante los primeros días puede existir una demanda mayor de adaptación porque cambian simultáneamente la hora de despertar, los desplazamientos, la planificación, la presión temporal y la necesidad de mantener la atención durante períodos prolongados. Si además el horario de sueño se desplazó durante las vacaciones, levantarse temprano puede resultar todavía más pesado.

Por eso suele tener más sentido recuperar gradualmente algunos horarios que intentar arreglar todo durante la noche anterior al regreso.

Mantener una hora relativamente estable para levantarse, volver a exponerse a luz natural por la mañana, regular nuevamente las comidas y retomar actividad física son señales que ayudan a reconstruir la rutina.

Y el primer día tampoco necesita convertirse en una carrera para resolver absolutamente todo lo acumulado.

Priorizar puede ser más inteligente que intentar vaciar tres semanas de correos antes del mediodía.

Descansar no es necesariamente quedarse quieto

Hay otra confusión frecuente.

Pensamos que descansar mentalmente significa no hacer nada.

Podemos pasar tres horas acostados mirando redes sociales, cambiando de video cada veinte segundos y respondiendo mensajes, y levantarnos más cansados de lo que estábamos.

En cambio, caminar, cocinar, leer una novela, conversar, hacer ejercicio, cuidar plantas o dedicarnos a un hobby puede implicar actividad y resultar mucho más reparador.

El punto no es que el cerebro quede vacío.

Eso no ocurre.

Lo relevante es cambiar el tipo de demanda.

Durante el trabajo muchas personas pasan horas respondiendo a obligaciones externas: correos, pedidos, plazos, problemas, reuniones, llamadas. Las actividades elegidas libremente pueden seguir requiriendo atención pero eliminar, al menos durante un rato, esa sensación de que alguien está esperando algo de nosotros.

Eso también es descanso.

Las empresas tienen una responsabilidad que no termina al cerrar la oficina

Existe una conversación necesaria detrás de todo esto.

Una compañía puede instalar programas de bienestar, ofrecer charlas sobre estrés y recomendar a sus empleados desconectarse. Pero si al mismo tiempo los responsables escriben constantemente a las once de la noche esperando respuesta, el mensaje real es otro.

Las culturas laborales se aprenden mediante comportamientos.

Si un jefe envía un correo fuera de horario aclarando que no necesita respuesta hasta el día siguiente, establece una señal.

Si programa ese mismo correo para las ocho de la mañana, establece otra.

Si recompensa constantemente a quien está disponible las veinticuatro horas, también.

La desconexión no depende solamente de disciplina individual. El control que la persona siente sobre la frontera entre trabajo y vida privada aparece repetidamente en la investigación como una variable relevante. Un estudio con 2.876 trabajadores encontró que mayores expectativas de disponibilidad y más uso laboral del smartphone durante el tiempo libre estaban asociados con una peor desconexión, mientras que tener mayor control sobre esos límites podía amortiguar parte de esa relación.

Esto debería interesarle también a quien dirige una empresa.

Un empleado descansado no es un empleado menos comprometido.

Es alguien que tuvo oportunidad de recuperarse antes de volver.

Hay momentos en que no alcanza con apagar el teléfono

Naturalmente, no toda dificultad para desconectar se resuelve silenciando WhatsApp.

Cuando la preocupación laboral se vuelve intensa durante semanas, interfiere persistentemente con el sueño, genera ansiedad importante o aparece acompañada de agotamiento extremo, irritabilidad, tristeza sostenida o una sensación permanente de no poder afrontar la jornada, el problema merece ser observado con mayor atención.

Puede existir una carga de trabajo excesiva, un conflicto laboral, problemas de organización o una situación personal que necesita otro tipo de apoyo.

No conviene transformar cualquier cansancio en un diagnóstico. Después de períodos de mucho trabajo es normal necesitar descanso, y volver de vacaciones puede provocar algunos días de desgano o desorganización.

Lo importante es la persistencia.

Descansar un fin de semana y seguir completamente agotado es diferente de llevar meses sintiéndose así.

El verdadero lujo puede ser dejar de estar disponible durante un rato

Tenemos tecnologías extraordinarias.

Podemos trabajar desde cualquier lugar, solucionar un problema a kilómetros de distancia y comunicarnos con un equipo entero en segundos. Sería difícil imaginar volver voluntariamente a un mundo donde ninguna de esas posibilidades existiera.

Pero toda comodidad tecnológica trae una negociación.

Si podemos trabajar desde cualquier lugar, también tenemos que aprender desde qué lugares decidimos no trabajar.

Si podemos recibir mensajes en cualquier momento, necesitamos decidir cuáles realmente requieren nuestra atención inmediata.

Y si la oficina cabe dentro del teléfono, quizá tengamos que construir nosotros mismos la puerta que antes cerrábamos físicamente al salir.

A veces será silenciar una aplicación.

Otras veces dejar el celular en otra habitación.

Salir a caminar.

Anotar lo pendiente antes de terminar la jornada.

Decir claramente que un mensaje puede esperar hasta mañana.

No necesitamos desaparecer del mundo profesional cada tarde. Tampoco sentir culpa porque alguna vez pensemos en el trabajo mientras estamos descansando.

La cuestión es que exista un momento en el que el trabajo deje de dirigir nuestra atención.

Porque estar fuera de la oficina no siempre significa haber salido de ella.

Y quizás una de las formas más modernas de descansar consista justamente en recuperar algo que antes ocurría casi sin esfuerzo: poder cerrar la puerta y saber que, por unas horas, lo que quedó del otro lado puede esperar.

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